LARA UNDERWATER

miércoles, febrero 08, 2006

UN MUNDO FELIZ?




Los socialistas del siglo XIX, creían que las máquinas nos evitarían el trabajo, que todo seria tan condenadamente automático que nos quedaría tiempo para “perderlo” en cualquier otro menester.
Y sin embargo, cada día encontramos menos horas para la reflexión, y el egoísmo se ceba constantemente de nosotros, al no disponer de tiempo para ponerle coto.
Con un dedo podemos comprar cualquier articulo desde casa, visualizar las noticias de la otra parte del mundo, buscar un novio en Miami, enviar un correo ortográficamente correcto a nuestros primos, consultar las cuentas del banco, leer un libro de cualquier lugar del mundo, o incluso viajar virtualmente sin necesidad de moverse de la silla. Disponer del dinero sin dar los buenos días. Y comprar un billete de avión con destino a la china.

Sin embargo han tenido que pasar casi dos siglos para hayamos llegado hasta aquí, a perder el sentido de lo humano, a olvidar la tolerancia, a girar la vista ante los conflictos armados de otros lugares del mundo, a ignorar la violencia doméstica y en las escuelas; A pasar por alto la pederastia, y la trata de blancas, el abandono de ancianos, y el asesinato de recién nacidos: La discriminación, y la represión.

Que alguien me diga que hemos ganado.....

1 Comments:

  • At 12:25 p. m., Anonymous Angelelbuzo said…

    La izquierda en el poder ha retrocedido a los albores de la era preglobal, cuando aún proliferaba entre los retoños del marxismo una visión distorsionada de la economía y la sociedad. Sujetos como Llamazares o el mismo Rodríguez parecen sacados de aquellas asambleas de púberes alucinados que, en los setenta del pasado siglo, elaboraban delirantes logomaquias con la mitomanía progresista al uso. Cualquier parida pseudointelectualoide extraída de los manidos manuales de anticapitalismo o antimperialismo servía entonces para justificar las más torpes barrabasadas de los diversos comunismos que en el mundo han sido. Los nuevos “ismos” de hogaño son un pálido trasunto de aquellas deleznables murgas pero, aún así, reúnen lo necesario para despertar la simpatía acrítica de los nostálgicos: son antiamericanos con pedigrí de utópicos, receta segura para mover a la exaltación de cuantos quieren redimir a la humanidad aunque no se deje.

    Por eso el progre de nuestros días no ve al islamista radical como a un enemigo a batir. El islamista fanático es un aliado útil en la “lucha final”, una máquina de matar que bien puede recibir la comprensión a su odio visceral a la modernidad porque “el mar de injusticia universal” - ¡la Nebulosa del Cangrejo nos asista!- lo ha lanzado a ocupar un sitio entre los parias de la Tierra. El musulmán que repite sus consignas contra Bush, contra Occidente, contra las caricaturas de Mahoma, contra la escuela laica, contra las descocadas hembras liberadas, contra cualquier cosa que se mueva libre de las ataduras que imponen las suras y hadices del camellero medinense es casi un amigo cordial del progre sedicente. Porque el fondo de todo este asunto está en quién ha de definir el futuro, si la ideología liberal o la servidumbre a las diversos totalitarismos más o menos esquemáticos que han sobrevivido a la caída del Muro de Berlín.

    Por supuesto: a pesar de las contradicciones, ningún progre se avendrá a reconocer tal alianza subrepticia.

    El final esta aún por ver...

     

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